Reventado en UTGS

He tardado en actualizar no por falta de tiempo, sino por tomar unas semanitas de distanciamiento (y descanso) respecto de mi ultima carrerilla: la UT Guara Somontano (Huesca), de 102km y 6000mDa+, última prueba de la Spain Ultra Cup.

Y es que esta vez no cumplí con mis premisas habituales: usar la cabeza, pasarlo bien, y no hacerme daño. Corrí muy descentrado y con problemas de salud, y, aunque esperaba problemas, no me los esperaba así. Baste decir que llegué a Radiquero (PK97), horas más tarde de lo esperado… con las piernas bien, pero hecho una piltrafa. Y «me retiré»; sí, a sólo 5km de meta, y fáciles. Aunque esperando allí a que me llevaran en coche a Alquezar, me quedé dormido y cuando desperté esperé un rato, y gracias a los ánimos de la gente del punto de control, decidí hacer el tramo que faltaba, totalmente ajeno ya a la carrera, los tiempos, etc. Únicamente por orgullo.

Así que al final tengo la medallita, aparezco en las clasificaciones, y esas cosas, pero en mi interior (que para mí es lo único que cuenta), siento que mi carrera se estropeó en Rodellar… y se acabó en el tramo de Mesón de Sevil a Radiquero. Pero no pasa nada: mi principal, quiero decir mi única, virtud es que de todo aprendo.

Tendré que volver en otra ocasión para quitarme la espinita, porque lo cierto es que la prueba mola: buena organización en términos generales, un entorno natural precioso, salida desde un pueblo muy chulo (ideal para una «escapada romántica»), y un recorrido espectacular y variado (en mi opinión tres zonas diferenciadas: una de barrancos, otra más montañosa, y la última más pistera).


Foto del amigo Paco Torrinco, enlazadas aquí.

Retorno a Penedos

Como una especie de Bill Murray en «Atrapado en el tiempo«, así me sentí este año en el maratón de montaña de Penedos do Lobo. Y es que, aunque intenté que no fuera así, los acontecimientos se sucedieron como en los años pasados.

La sensación ya empezó el día anterior, porque aun saliendo de casa temprano,  perdimos el sábado entre recados y visitas, y amagos de senderismo (este año probamos la Ruta de Sobrado, pero la verdad es que no nos dejó buen sabor de boca). Así que, como es ya habitual, no llegamos a la estación de esquí de Manzaneda hasta casi el anochecer.

Y al amanecer, otra vez justos de tiempo en la salida, comenzamos a correr con amenaza de lluvia. Los del pelotón en los primeros 200m nos cubrimos de gloria al ir durante unos segundos por delante del gran FA… aunque fuese porque él llegó tarde a la salida. En fin. Primeras rampas, atasco, primeras bajadas, adelantamientos,…, y primer deja-vu: en el falso llano me pasa todo quisqui, intento apretar y no voy, y me duele la cabeza. ¿Por qué cojones siempre tengo como jaqueca cuando hago este tramo? Aún voy a pensar que es el algo telúrico. Mantengo un ritmo ultrero e intento disfrutar del paisaje, y a lo tonto llego al cruce de la carretera.

En esta zona todo el mundo piensa en lo mismo: el cortafuegos. Me uno a la procesión de caminantes e intento guardar fuerzas, pero parpadeo un par de veces y estoy ya arriba. La única sensación nueva y buena de esta edición. Psicológicamente eso me anima, y me encuentro mejor de patas, así que me pongo a tirar. Es lo bueno de volver a correr una prueba conocida: sabes mejor cómo regularte en el recorrido. Flipo con mi ritmo, estoy yendo bien. Pero al llegar a las antenas de Cabeza Grande: ¡el mismo tiempo de siempre! No puede ser.

Pero es. Se me calientan los cascos y me digo que tengo que mejorar mi tiempo, así que no paro en el avituallamiento (total, llevo mochila), y empiezo a apretar de verdad. Terreno fácil en bajadilla, y después bajada más rota… y resbaladiza: derrapo en una laja grande y voy al suelo. Me levanto y veo que no fue grave, pero noto que sangro por un costado. Echo la mano, y era un gel que se me había reventado en el bolsillo. Así que sigo sin problema, pero todo cochino (lo que también es bastante normal). La zona «plana» la hago toda corriendo, pero cuando llegan otra vez los kilómetros de subida se repite la jugada de siempre: es ver el pilón y penar. ¡Me cago en el día de la marmota! O en el de los lobos, porque la subida a sus penedos se me atragantó… y el cortafuegos tras el último avituallamiento me remató, como viene siendo habitual. Aún por encima se nos unieron un chaparrón y una ventolera simpáticos, por lo que la pista ancha final volvió a hacerse más dura de lo previsto.

Y sí, como el meteorólogo que se despierta siempre con la misma hora, marco un crono similarmente malo a los de otros años: 5:16:00 para 43km y unos 1800mDa+. Varios altibajos físicos y una sensación psicológica extraña (algo que ver con la asimilación del tiempo), pero lo pasé bien. Y además me venía bien como entreno para UTGS. Pero esa es otra historia.

Mirando los Ancares

«Lo que molaba era hacer el cordal entero, uniendo todos los picos… y del tirón volver en bici». Cuando cada vez que hablas de Ancares escuchas esto a un colega, tienes claro que en  breve irás para allá. Así, a principios de septiembre, AV, CV y yo, planificamos rápido la escapada, viajamos el viernes por motivos logísticos (llevar las bicis a un pueblo intermedio, preparar material, etc), y dormimos ya «a pie de vía» para probar la idea.

1.  Los cordaleros

Ya con luz, porque se nos pegaron las «sábanas», arrancamos desde Balouta hacia el E desperezando las piernas a ritmo de pateada. Al rato el camino se acaba y subimos a chuzo por una pedrera con trozos con hierbajos. Es mucha pendiente y todavía está mojado, así que no podemos evitar algún resbalón… y algún momento de gateo (menos mal que no nos vio nadie: bajaría nuestro caché). Al llegar al senderito superior nos desviamos un poco hacia el N y hacemos el primer pico del día: el Miravalles (1969). Desandamos nuestros pasos, o debiera decir zancadas, pues aquí ya empezamos con el verdadero correr, y pillamos ya la línea del cordal, que no abandonaríamos en varias horas, buscando cruzar la carretera en el alto del Puerto de Ancares (1669m).

Bordeamos la Hoya de Ancares y subimos al Cuiña (1987m). Unos buitres impresionantes nos sobrevuelan, pero ¿no es un poco temprano? Todavía no vamos tan justos. De hecho, coronamos sin forzar la maquinaria, bajamos unos 350m de desnivel flipando con los corzos, y volvemos a subir para llegar al Penalonga (¿1880m?). Esta zona ya tiene la típica vegetación baja de la zona que tan buena es para hacernos un buen peeling en las piernas, y los típicos caos de bloques tan buenos para dejarse un tobillo. Por ahora CV y AV están teniendo piedad de mi, pero la subida al Mustallar (1935m) se me atraganta un poco. Pongo ritmo marcheta a mi bola, y les dejo que me saquen ventaja; ¡si en realidad lo hago por ellos, para que cojan autoestima! Aunque el día aguanta, hay algo de niebla así que picamos algo rápido, y tiramos.

Dos obispos y un monaguillo.

A continuación vienen varios picos menores seguidos: Lagos, Corno Maldito, Charcos, Penedois. Algunos pasos son algo más técnicos y expuestos, e incluso en un mini-destrepe tengo que amainar porque se me engancha la mochila y no pillo postura, pero este tramo está muy chulo. Otra subida no tan larga y llegamos al Tres Obispos (1795m). Hacemos la foto de rigor y seguimos, siempre hacia el SO. Al pasar unas horas yo me encuentro algo mejor, pero la sucesión de bajadas y subidas, incluso sin ser grandes petadas, va cargando las patas: ganamos 100 o 200m de altitud para volver a perderlos, y después volver a subirlos, etc. Pero a lo tonto pasamos el Valongo, una subidita más, y el objetivo final: el Penarrubia (1822m), con su bonita pared O.

Ya vemos el pueblo de Tejeira, pero no sabemos muy bien cómo bajar: no hay caminos, ni una traza clara para hacer monte a través. Exploramos un poco, tiramos de mapa y gps, y al final optamos por la opción más… castrona: tu tira para abajo que ya aparecerá algo. Y al rato apareció: el nacimiento de un riachuelo y unos huecos suponemos que hechos por el ganado, por los que nos fuimos metiendo. Afortunadamente no llévabamos el esmoquin y los enganchones no nos importaron mucho. Al llegar a la pista ancha AV nos acelera un pelín camino de Tejeira, le seguimos porque allí están las bicis y la comida, no por otra cosa.

2. Bicicleta de suela

En el bar del pueblo hacemos una transición algo más larga de lo planeado. Una, porque en La Cantina de Teixeira se estaba a gusto y apetecía quedarse (muy recomendable el sitio: buen trato, comida rica, local agradable,…; nosotros volveremos). Y dos, porque al guardar las cosas de correr en la mochila aparece un problemilla: no me entran las zapatillas. Probamos de varias formas y ni de coña. Es lo que tiene tenerlo grande (el pie). Al final pedimos bridas y atamos una de los Brooks a la bici en donde menos moleste. ¡Hasta quedaba bonito!

Y reiniciamos la ruta. Abandonamos Tejeira por una pista ancha y polvorienta que al poco tira hacia el N. Cuesta ponerse a pedalear después de comer, con bastante calor, y en subida, pero subimos piñones y vamos entonándonos. Después varios kilómetros de repechos, llanos y bajadas rápidas, nos hacen cruzar Campo del Agua, aldea muy chula con pallozas restauradas, y rodar hasta Burbia.

No habíamos ganado apenas desnivel positivo, así que estaba claro que ahora vendría todo de golpe. Y vino. Ya desde el pueblo arranca un empinado zig-zag de gravilla que se hizo duro con 10h ya en las piernas. Aquí cada cual a su ritmo, es decir: CV silbando, AV esforzándose, y yo al final terqueando. No quería subir ni un metro desmontado, así que molinillo total y breve parada en el medio para reponer alimentos. La sudada fue brutal, y estaba poníendose el sol, así que nos abrigamos y bajamos rápido por pista buena hasta Pereda de Ancares.

Ya de noche nos metemos a la carretera para subir el Puerto de Ancares. Las luces casi todo el tiempo apagadas y mantenemos la misma tensión de pedaleo. No son rampas muy duras pero voy cansado, aunque como me gusta bastante más darle al pedal que a la zapatilla, lo llevo bien. Una tormenta empieza a asomar por el E, pero no preocupa, pues sólo queda regular un ratito y dejar que pasen los metros. Al coronar AV esprinta y nos saca 12cm, repetimos rápido la foto de la mañana en el cartel del puerto, damos potencia a la iluminación, y descendemos hasta Balouta con cuidado porque el asfalto está mojado y no queremos sustos de última hora.

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De vuelta en la furgo tras 14h (en ellas 11h de actividad para unos 81.5km y 4300mDa+; interesados en el track aquí), sin incidentes graves y habiéndolo pasado bien, las dos cosas prioritarias. Además para mí lo importante era hacerlo; los galgos ya irán otro día a rebajar tiempos. La verdad es que estos retos con los colegas molan: ni competis ni leches. Y lo mejor de todo: habrá más (¡a cabeza non para!).


Verano raro y Camino Inglés

Llegó el otoño, tras un verano raro raro: planes frustrados, muy poco deporte, problemillas de salud,… Así que vamos a poner esto un poco al día.

El plato fuerte iba a ser un viajecillo a finales de julio hasta Pirineos para ver 3 etapas del Tour de Francia, aprovechando para subir 4 o 5 puertos con la bici, después quedarnos a hacer un par de barrancos, y un trekking de varios días por el valle de Ordesa (donde esperaba correr un poco por la zona para entrenar). Pero problemas familiares de última hora nos impidieron cumplir los planes. Y gracias que al final aún pudimos ir hasta allá, aunque el coco siguiese pendiente de casa y fuese sólo para degustar un sucedáneo: ver dos etapas del Tour (la de Saint Lary Pla D’Adet que ganó Majka y la de Hautacam que se llevó Nibali), sin pedalear porque no pudimos llevar la bici, y hacer una sesión de canorafting con la gente de H2Ur cuando regresábamos a Galicia.

Pero como la sensación era de no haber tenido vacaciones hubo que buscar un plan B adaptándose a los días libres. Y como en agosto había un finde largo, RL y yo aprovechamos para hacer una rutilla en bici por el Camino de Santiago Inglés, unos 120km de Ferrol a Santiago.

Como supuestamente hay una etapa previa o etapa O que arranca del pueblo de Covas y la zona de Cabo Prior, y como me encantan los faros y ese paisaje litoral, en vez de pedalear directamente hacia el sur, primero fuimos hasta allí por carretera. Echamos un vistazo por la zona y al rato nos pusimos en camino: las baterías militares abandonadas (quien las pillara para jugar «al Equipo A» cuando niño), el carril bici junto la playa, las pistas por monte, el precioso pinar de San Xurxo, la playa de Doniños,… Todo bien hasta que empezamos a serpentear pegados al mar hacia el puerto exterior, y después en sentido contrario hacia Brión pillando algún trozo roto y peligroso. Y además no había ni dios; estaba claro que por allí no era. En algún momento habíamos metido el zueco y las flechas amarillas se habían transformado en unas marcas amarillas/violetas de alguna otra ruta. Aburridos y con el solano en la chepa, decidimos buscar la carretera hacia la Malata y empezar el camino en sí desde el puerto de Ferrol. Con la coña, sólo cruzamos Narón pero llegamos al albergue de Neda con casi 70kms.

Al día siguiente el asfalto de Fene se compensó con la chula playa de la Magdalena en Cabanas, y con el paso por Pontedeume, donde estaba la primera rampa dura del recorrido. Íbamos a disfrutar, así que pie a tierra y con calma. Un rato después se cruza un pequeño campo de golf y se llega rápido a la población de Miño. El terreno se pone ya con el típico sube-baja gallego, y alternando caminos chulos con pistas de asfalto llegamos a Betanzos. Estaban en fiestas y era casi el mediodía, así que nos dimos un homenaje en una terracita.

Con el calor y el «equipaje» que acabábamos de cargar, lo cierto es que costó arrancar. Salimos de Betanzos por un paso elevado sobre la vía del tren, y vuelta a la alternancia de asfalto y caminos. En este tramo, el más rural (y con menos servicios, claro), encontramos ya a algunos peregrinos. Cos, Presedo, y al llegar a Vilacoba… subida continua y durilla. Al coronar un par de kilómetros fáciles y llegamos al albergue de Hospital de Bruma. Duchita, pedir la cena-taxi, y a dormir tras otra jornada de 66km.

Lo que quedaba de Camino para el domingo era casi un trámite. De Bruma a Sigüeiro es totalmente favorable, y aunque paramos a desayunar y a apartar de nuestro camino un dinosauro (sí, ¿qué pasa?), lo hicimos en un plisplás. Y el resto hasta Compostela algo más rompepiernas pero también fácil, con muchas pistas anchas y lisas, y con los últimos kilómetros de asfalto como era de esperar. Vamos, 42km muy rápidos para estar en el Obradoiro bastante antes del mediodía y que nos diese tiempo de comer y volver a Ferrol a por el coche.

En fin, este Camino Inglés nos sorprendió y nos gustó. Tal vez para la peña que viva lejos no valga la pena venir porque se acaba pronto, pero me parece muy recomendable si lo que buscas es un ruta más solitaria y no tan explotada como el Francés (o como empieza a estar el Portugués). Algún día tocará escapada en plan ultra.