Miel Orro

El año pasado la carrera en la que me di cuenta de que no podía continuar la progresión geométrica barriguil. Este año la prueba en la que podía haber hecho un buen puesto, pero una columpiada me sacó de carrera (de hecho se me fue a 19.5Km y 680mDa+ en 2h40min… cuando podían haber sido 30min menos sin problema). Pero aún así el Trail de Orientación de Orro tiene cosas que me encantan.

100km Carballiño-Santiago

Al volver del trail de Quiroga iba pensando en si ya podría correr, pues allí no me encontré tan mal como era de suponer para llevar meses sin entrenar. También iba pensando en las carreras que el año pasado tuvieron que quedar en el tintero, y que este año me propuse enmendar, y recordé que en un par de semanas se celebraba una de ellas: la Carballiño-Santiago. Así que me inscribí, y el día 12 me planté en Carballiño sin saber que iba a pasar.

Con algo de frío y sin frontal, a las 7am salimos de la impresionante Iglesia de Veracruz callejeando unos minutos por Carballiño y cogiendo rápidamente un paseo fluvial. Ya a plena luz pongo ritmo calentamiento por pistas de asfalto rurales, y veo que se van haciendo grupitos. Me junto con un par de portugueses (uno de ellos el compañero de Solopisadas), y llegamos al monte. Primeras rampas, primeros charcos y, tras una larga subida recta de asfalto, llega el primer avituallamiento.

Ahora el recorrido ya es de monte, subiendo y bajando pero sin petadas y con terreno fácil y disfrutón. Me quedo solo, y al estar ya algo altos, disfruto de las buenas vistas; además como el terreno no exige concentración, me entretengo observando un par de explotaciones ganaderas y forestales. Tras una pista en bajada, aparece el siguiente control a la altura de Dozón. El voluntario me ofrece un bocata… ¡de pechuga empanada! Pillo uno, hablo un momento con RL, que me sigue por todos los avituallamientos (¡una santa!), y tiro tranquilo reservando fuerzas en todo momento.

El siguiente tramito es algo feo, paralelo a la autovía, pero se compensa rápidamente con unos senderos y caminos bien metidos entre vegetación, bastante más entretenidos y con algo de desnivel. Al pasar una aldeita llamada Zudreiro llego a un cruce y no hay cintas. Antes de salir tuve un problema con el GPS de muñeca, así que saco el Foretrex del bolsillo (lo llevaba ahí por si acaso), y resulta que tampoco marca el track; sospecho que el archivo debía estar chunguillo y por eso los dos fallaron. Para no arriesgar, cojo el teléfono y llamo a la organización: me dan indicaciones, deshago un cachito pequeño y ya estoy de vuelta en el circuito… y en el control, porque estaba allí al lado.

De aquí en adelante seguiríamos las marcas del Camino de Santiago por la Vía de la Plata. Sigue el terreno en sube-baja typical Galician, y la filosofía de ir guardando fuerzas. En un tramo coincidente con la N525 a la altura de Lalín, otro avituallamiento… con croquetas y tortilla. Sin palabras. Me detengo un ratillo, pero el cuerpo pide seguir, no sé muy bien el porqué, ya que los siguientes kilómetros se me atragantan un poco. Al pasar junto al polígono industrial de Silleda noto molestias en la rodilla, adelanto al único peregrino que vi en todo el día, y en los pocos kilómetros que restan hasta el pabellón de esa localidad (donde estaban las mochilas intermedias que transportaba la organización), empiezo a cojear. Menos mal que las rosquillas que tenían me insuflaron fuerza de voluntad, porque sino me quedaba allí ya.

Luego llegó el momento chungo que siempre hay en todas las carreras: sol, terreno planillo, dolor en la rodilla, mucho asfalto (incluso cruzamos Bandeira por la acera),… Tocaba aguantar, porque en los llanos me dolía, y en las bajadas más aún. Tuve que caminar donde no debía, y empezar a lidiar con el replanteamiento mental: una, porque se esfumaba la previsión de las 12h, y otra porque reaparecía el fantasma del último UTMB. La organización puso un avituallamiento en una pista anónima en medio de fincas, y reconozco que llegué allí algo preocupado. Pero había margen de tiempo, así que postpongo la decisión otra etapita.

El recorrido cada vez más soso, y el corredor cada vez más tocado: resultado, que el ritmo descendió enormemente. El porcentaje de asfalto cada vez es mayor, y aún por encima la empinada bajada para llegar a Ponte Ulla me remata la rótula. Pero como la poción mágica en los cuentos de Asterix, aparecen las lentejas (umm, bueno, y un antiinflamatorio), para darnos un rato más de cuerda. Sentado a la mesa del bar donde estaba el control, y avituallando en plato de porcelana, pienso que sólo quedan 20-y-pico kilómetros hasta Santiago, así que aunque sea más caminando que trotando, hay que acabar.

Ahora vamos ya todo el rato en dirección NW, con unas largas subidas tendidas que tengo que hacer a marcheta. Poco a poco las pistas de asfalto le van ganando la partida a las de tierra y los senderos, y el sol se va poniendo. Cruzando aldea tras aldea, llego al último avituallamiento, Susana se llamaba (el lugar, no la voluntaria). Saco el frontal, porque ya llevaba unos minutos con algo de oscuridad, reposto algo, y directo para la capital. De noche hay que andar más pendiente de la señalización, pero al ir tan lento no hay problema. Por momentos ya se ve el skyline de Santiago, así que mentalmente voy haciendo cálculos. Una larga y oscura subida de tierra, nos deja en la tristemente conocida zona de Angrois, y desde allí sólo hay que callejear por el extrarradio y por el centro de la ciudad. El último kilómetro es por el centro, y es sábado por la noche, así que hay que ir de friki esquivando gente para poder entrar al trote en el Obradoiro, como debe ser.

Allí sentado, compruebo el juguete: 102.2km con 2800mDa+ (algo más de negativo), en 14h38min, y un sensación extraña, pues iba bastante bien de fuerzas… y no podía correr. De coco muy bien, y eso que fui solo casi todo el tiempo, aunque reconozco que no lo pasé bien del todo porque la segunda mitad del recorrido me agobió bastante (demasiado de mi odiado asfalto), y porque comprobé que la rodilla fastidiada el verano pasado sigue mal pese al «largo descanso».

Resumiendo, una buena forma de pasar un sábado entretenido es ir a esta carrerilla, humilde pero organizada para mimar al corredor; sólo se le podría pedir que pusieran alguna cinta más en la primera parte del recorrido, o que se aclarasen ellos mismos con «el concepto» detrás de la prueba (personalmente me importa bastante la filosofía detrás de los eventos, y esas contradicciones con la competitividad o las normas del reglamento, no me gustan nada). Aún así, recomendable para quien quiera un ultra sin dificultad técnica, corrible al 100% si se tienen fuerzas, y con amables voluntarios.

Trail do Castelo 2016

Tras los parones y los bajones es complicado volver al ruedo. En esos momentos es fundamental que te pique el gusanillo de hacer algo (no necesariamente una carrera), o que algún amigo te tire del aire para ver si arrancas. En este caso un par de amiguetes iban a ir al Trail do Castelo, 1ª prueba del Quiroga Trail Challenge, y me animaron a apuntarme. Había escuchado que la prueba es durilla, y además ellos se anotaban a la intermedia, así que allla fui: para el ultra no estaba, pero intentaría el trail.

Tiramos para Quiroga los tres AV, SM y yo (porque el gran FA al final fue por otro lado), para llegar el viernes con tiempo de ver el ambiente y cenar tranquilos. La maleta iba cargada de ropa porque las condiciones meteorológicas estaban de lluvia y nieve, pero aún así al levantarnos teníamos la misma duda los tres: ¿qué llevar puesto? Toda la noche había llovido, pero parecía que despejaba; la parte alta estaba con bastante nieve, pero en la baja seguro que sobraban capas. Personalmente no me compliqué la vida: a los ritmos percherones en los que yo me muevo, llevar un kilo más o menos en la mochila no marca diferencias. Así que mejor que sobre a que falte.

Todavía de noche nos ponemos en el arco de salida. Le digo a AV que al principio voy a procurar ir de último, y así hago pero literalmente. De hecho, el primer kilómetro voy conversando con RV, amiguete al que hacía tiempo que no veía porque se embarcó en un viaje hasta Nepal en bicicleta, y que va de corredor escoba. La intención era salir muy tranqui, conservar, y procurar adelantar para irme animando.

Primeros kilómetros por asfalto, cruzando una aldeita en ligera subida, y llegamos al monte. Primero caminos y pistas, más subiendo que bajando, con las primeras mini-petadillas. Después pillamos un senderillo por el cauce de un fresquito río que tuvimos que cruzar una y otra vez. En esta zona trasera hay bastante atasco, y además al estar todavía más embarrado que para los de cabeza, hay gente que le cuesta progresar. Yo también tengo problemas de tracción porque no llevar el calzado adecuado, pero voy avanzando. Participan un grupo abundante de canarios, y van flipando con el terreno y con lo de cruzar el riachuelo: nos reímos, y así van pasando los metros.

Salimos del cauce, ganamos altitud, la volvemos a perder, y llegamos a una zona de subida con pista ancha y más corrible. Ahora la nieve ya es abundante. En la zona alta todo es blanco, hay ventisca, y no se ven las marcas ni la huella del que te precede. Durante un rato sopla por la parte izquierda y la sensación es mala, así que decido apurarme un poco, para salir de allí cuanto antes y para entrar en calor. Tanto apuro que… ¡zas!, resbalón y culada contra una piedra. Una caída seca de esas en las que notas que estás gordo porque vibran las chichas… y hasta el terreno vibra. Me levanto medio mosqueado, pero no hay daños graves. Empieza la bajada y al rato la nieve ya es menos profunda. Otra zona de caminitos y de barro, y en una rampa de lodo propia de Humor Amarillo me vuelvo a deslizar con el pompis pero con mucho arte. Estábamos por la mitad de carrera, donde se separaban los del ultra.

En la parte central estaba el recorrido que esperaba al venir al Courel: caminos con losas de pizarra, alguna pista ancha, atravesar un par de aldeitas, mucho verde y agua,… Había un trozo grande bastante favorable, que permitía trotar (porque yo para correr no daba), en el que nos iban cayendo copitos de nieve, y que dejaba a nuestra izquierda una bonita cascada. Momento para disfrutar. Aunque no duró mucho, porque otro trozo picando hacia abajo, y unos kilómetros más adelante, mega-bajada, tunel, y mega-subida, y para rematarla el camino llano posterior tan embarrado que tocaba un poco los huevos. En este tramo hice algo raro, porque perdí las marcas un momento, retrocedí, volví a donde estaba, y me encontré un corredor. ¿Pensé que iba mal e iba bien? Todavía no lo sé ahora.

A lo tonto, llega el último avituallamiento. Avisan de que queda una subida dura, pero no me preocupa mucho: no voy tan destrozado como esperaba, y además no tengo prisa. Echo en falta los bastones, pero pensando dos chorradas ya me pongo arriba. Desde esa zona alta, un par de repechos por pista de gravilla, ya con Quiroga a la vista, una larga bajada con tramos rotillos, y llegamos al Castillo y el Camino de Santiago. Parecía que ya llegabas, pero quedaban unos kilometrillos en falso llano, para volver a mojar los pies y rematarte las piernas, que desembocaban en la aldea inicial. Vamos, que un par de kilómetros y estaba la meta. Las piernas no quieren trotar por el asfalto, y aprovecho para parar a echarle una mano a un discapacitado que no podía abrir el paraguas desde su silla de ruedas. Mientras hablo con él, veo que vienen dos corredores a unos segundos. Me entra el orgullo, y troto hasta meta para que no me pillen. Eso sí, cruzo el arco, y directo para la AC para ducharme porque el destemple era considerable.

Misión cumplida: acabar. Sinceramente, 45.4km con 2600mDa+, terreno complicado y bastante nieve, en 7h25min, y tal como están siendo estos meses de bajón, es mejor de lo que esperaba.
La carrera es durilla, por el terreno y por los condicionantes, de esas que después en las redes sociales la gente califica de épica (why?). La organización no estuvo mal, aunque el marcaje se podría mejorar, y tengo alguna duda respecto de cómo tenían de atada la seguridad. Por cierto, no voy a entrar en si el ultra se debió celebrar o no, pero no me hizo mucha gracia que el propio speaker bromerara con lo del material obligatorio: muy pedagógico desde luego no fue.

Crónica de un UTMB anunciado

Ni ir de García Márquez de palo, ni de hacer un clickbait fulero con la intriga de si acabé o no, porque el final de esta crónica ya es sabido al saber lo del chaleco. El título de esta entrada va de que unas horas antes de la salida, sabía lo que iba a pasar: no los detalles de la trama, pero sí el guión general.

Salvo en lo que se refiere a la elección de material, que la tenía muy clara gracias a la experiencia de un par de años antes, el día no lo empecé muy centradito (ni la semana). Ultimé la mochila, las cosas para que RL llevase a las asistencias, la bolsa de Courmayeur para la organización, intenté desconectar, y me forcé a comer pasta como un gocho. En la sobremesa tiramos para el centro, para esperar por allí tirados en algún césped. A última hora se me ocurre, para reducir el tiempo de cocimiento de pies dentro de las zapatillas, ir en chanclas… y por improvisar llegué a la zona de salida con rozaduras. Otro ejemplo de la hábil toma de decisiones de este verano.

Tras despedirme de RL, a la que también le esperaba un buen curre con el tema de desplazarse a las asistencias, me voy para el corralito. En cuanto me quedo allí solo la dura realidad me aplasta el cerebelo: «¿qué cojones haces tú aquí, escaso de motivación y carente de entrenamiento, sin posibilidad de acabar, al menos dignamente?; con el buen sabor de boca que te había quedado, ¿por qué vas a estropearlo?» Y lloro. No una lagrimilla que se escapa por lo emocionante del momento, algo habitual en la zona trasera en cuanto suena La Conquista del Paraíso: no, llorar de pena y de rabia. Pero ya está: hasta donde se pueda, y punto. El contexto y el momento acaban arrastrando los pensamientos negativos, así que cuando se da la salida, tras los primeros cientos de metros en los que solo puedes caminar atropelladamente mientras buscas una mirada familiar entre el público, me pongo en modo ultra e intento trotar.

Primeros kilómetros hasta Les Houches, conocidos, planos, por asfalto y buena pista de tierra. Pasan rápido, calentando las patas y el coco. En la primera «chincheta» del día, Le Delevret, camino en cuanto se pone algo dura la subida. Los tiempos de corte dan miedo, pero no puedo gastar ya ahí lo poco que tengo. Y aunque siempre he penado más subiendo, hacia Sant Gervais veo que la rodilla no aguanta bajando. Intento hacer un trote con el menor bote posible para minimizar impacto, pero sin parar porque solo voy con 45 minutos de margen.

Me aprovecho de las luces de los demás para no sacar el frontal hasta la asistencia de Les Contamines, a la que llego con unas malas sensaciones brutales, y sólo iban los 30 primeros kilómetros: además de las obvias por falta de forma, no soy capaz de comer y beber bien (y eso que normalmente soy una draga). Le cuento a RL que preveo problemas, me anima, e intento cumplir. Me abrigo, avituallo, y tiro. El recorrido empieza a meterse ya en buena faena, primero por la chula zona de Notre Dame de La Gorgue, donde siempre hay un ambientazo animando, y luego ya subida empinada y con tramos rotos y algo de nieve hasta Bonhome, para en cuanto llegas bajar a Les Chapieux.

Paro un buen rato en ese control, porque sé lo que viene a continuación: subida continua por asfalto, y luego por un sendero en zigzag hasta el Col de la Seigne. Me había prometido «no comparar» con mi otra participación, pero es imposible no hacerlo: hace dos años había llegado hasta aquí en mucho menos tiempo, fresco y de buen humor, y ahora… mejor ni pensarlo. Subo lentorro, pero subo, y al coronar y entrar en Italia aparece la primera variación importante del recorrido respecto a 2015: el Col de las Piramides Calcaires. Bonito, sí, pero un tramo algo pestoso de piso, que te mete unos subidotes del copón para luego bajar de nuevo a la traza clásica. La rodilla ya va hinchada y duele, así que en el puesto de socorro de Lac Combal, ya de día, pido un antiinflamatorio, y sin determe intento seguir progresando, con una sola cosa en mente: cuando llegue la bajada desde el telesilla a Courmayeur, voy a flipar.

Y así fue. Caminando, apoyando la palma de las manos en los bastones antes de cada escalon, mordiendo el labio del dolor… Pero, oye, estaba en Courmayeur: muy justo de margen y jodidillo, pero estaba, y la mañana anterior no apostaría un duro por ello. Le cuento la película a RL, y aunque es el punto ideal para retirarse, en ese momento no me apetece: ya que había hecho casi todo mal, me salió el necio que todos llevamos dentro y me dije, de reventar, reventemos bien. Así que me fui a la enfermería a pedir otro AINE y, flipemos con esta organización, me dicen que no pueden, que les consta que me dieron uno hace 3 horas, y es muy pronto. El caso es que me tomo mi tiempo (45 minutos estuve allí): descanso y papo bien, que el estómago ya funciona en su estado tragadera habitual, aunque no cambio ropa ni calzado (la carrera completita se zamparon las mismas Brooks Cascadia), y vuelvo a la carrera, consciente de que en parte es un error seguir (total uno más ya qué más da).

El siguiente tramo para mí es el más bonito del recorrido: subida dura dura hacia el refugio Bertone, luego terreno más llevadero hacia el Bonatti, y bajada tranquila hasta Arnuva (donde sí que repito pastilla, aunque ya se ve que el asunto de la rodilla no va a remitir sino ir a más, como no podía ser de otra forma con el tute que está recibiendo). Y ahí llega el coloso, el puto Grand Col Ferret, que en los vídeos es precioso, pero que a esas alturas se te hace bola (se llega con 100km y 6500mDa+ ya en el cuerpo). Eso sí, la bajada siguiente mola mucho, y tiendes que tener cuidado de no envenearte porque al principio es muy fácil, y también por dejarse llevar un poco por la euforia (mucha bajada por delante, superar la centena, entrar en Suiza…).

El haber corrido con algo menos de molestias el último descenso, supongo que por soltar la zancada y no tener que ir reteniendo, me anima mentalmente. Entro en el control de La Fouly con idea de descansar un buen rato y reordenarme, pero la sensación de ardor en los pies y de dureza en los muslos me dicen que si me siento la cagué: no me despegarían del banco ni con espátula. Así que en plan pro, apenas paro a tomar algo y sacar el mp3 porque sé que a partir de ahí voy a necesitar acompañamiento emocional: en mi opinión lo decisivo y lo fastidiado de la carrera es este último tercio.

Para llegar a Champex-Lac hay otra subida jodidilla, así que voy guardando un pelín. De hecho, flipo con el hecho de que voy medio regulando porque me sé el recorrido perfectamente, y eso que solo pasé una vez por él (y varios tramos de noche). Será el efecto Gran Hermano, que las vivencias intensas se magnifican y por eso lo tengo grabado, o serán las horas de Youtube. El caso es que llego al pueblo reventado de mecánica y con el motor sin fuerza… pero le había ganado unas horas a los tiempos de corte. Así que reposto, descanso unos minutos y hablo con RL del tema. Por cabezonería, porque razones lógicas no había, me digo: vamos a ir hasta Trient, aunque sea caminando todo el rato, y allí decidimos. Lo que traducido al lenguaje de la sinceridad venía a ser: vamos a penar hasta Trient, y si no peto del todo en el camino, seguiré porque no voy a retirarme a 30km de meta mientras haya posibilidad de llegar. Podría argumentar que quería ver el tramo nuevo que habían puesto antes de Bovine, pero sería mentira (por cierto, tramo chulo pero que se las traía, y más de noche).

El caso es que no sabría decir qué es petar del todo, porque entré a Trient peor todavía de lo que esperaba: destemplado, vacío por dentro, con tirones, los pies no me atrevía a destaparlos, y un bulto en la rodilla. Me acerco al servicio médico (nunca los uso, y este finde repetí). Me tumban en la camilla, me explora la pierna y me dice que no debía seguir, cosa que ya sabía yo desde hacía no sé cuántas horas. Le respondo que me jode retirarme tan cerca de Chamonix, y el médico insiste. Pero, ¿qué dice un buen español? ¡Pues claro! Que nosotros somos íberos de pelo en pecho, brutiños y cabezones. Así que el tío, nada ofendido por llevarle la contraria porque allí este tipo de conversaciones deben ser de lo más normal, llamó a un fisio y le dijo que hiciese lo que pudiese para que yo siguiera. Me dio otra pastilla de Iboprofeno (nunca hagáis esto, chicos: no es aconsejable), un masaje con crema antiinflamatoria, y me amañó los esparadrapos funcionales que ya llevaba, y vía.

De aquí a Chamonix fue un suplicio. Prácticamente todo caminando, y cuando trotaba era con un estilo y un ritmo muy triste. La cabeza dando mil vueltas, evadiéndose en la subida a Catogne, maldiciéndose a sí misma en la bajada a Vallorcine, y subiendo a la Tete Aux Vents flojeando y patinando ya la neurona. De esos momentos en que piensas si todo eso vale la pena. Los últimos 10km de bajada hacia Chamonix iba desquiciado por lo rara de la situación, como de quedarte fuerzas pero no poder usarlas. En estos últimos tramos hace un par de años adelantaba cadáveres de una forma alucinante, y ahora me pasaba a mí gente caminando. Sólo miraba el reloj para ver si me daba tiempo de entrar antes del cierre.

Cuanvo vi la civilización obviamente tuve un subidón, aunque maldecí por lo bajinis al que decidió que esta vez teníamos que cruzar la carretera por un paso elevado de andamios, y cuando llegué al paseo del río y todo el mundo empieza a aplaudirte, todavía más subidote: estaba hecho. No sé que neurotransmisor es el responsable, pero los últimos metros suelen ser siempre de anestesia: no te duele nada, la mochila no pesa, y sacas fuerzas para entrar en meta corriendo o, en mi caso, simplemente intentando trotar (en parte supongo que por vergüenza).

Acabo otro UTMB, éste con más de 168Km y de 11000mDa+, en poco más de 42 horas, y tengo rostros familiares esperándome en meta. Un sueño para muchos, una sensación agridulce para mí: tengo otro chalequito para fardar por ahí, pero no estoy contento. No debí haberme inscrito, no debí vaguear los primeros meses del año, no debí pasar de Courmayeur, etc. Pero me pudieron el ansia, el querer compartir la meta con RL, la descompensación entre fortaleza mental y física, el contexto… No se cumplieron los objetivos habituales, y sé que esta prueba ha hipotecado mis posibilidades de correr en el futuro, y probablemente obligue a pasar por cuchilla. Creo que el balance no es muy allá.

Así que ahora todavía valoro más lo del 2013, cuando disfruté durante la prueba, incluso parando a sacar fotos y hablar con la peña (se fueron en ello 2h tranquilamente), y acabé «fresco» y satisfecho, sin lesiones. Pero este año no. Y lo peor de todo es que estaba cantado. Doble finisher en la Sommet Mondial du Trail: veremos a qué precio físico y mental.

Re-UTMB

Nada salió como esperaba en los últimos meses ni tampoco en plena carrera (ya iré contando y actualizando el blog estos días). Y a punto estuve de volverme para casa a las primeras de cambio, pero aún así… otro Finisher más en el ultra más conocido del mundo.

Gracias a todos/as los/as por los ánimos y el apoyo. GALVQMHDT.