El cuasi-Anillo de Picos

No se trata del diminutivo de un tal Cuasiano, sino que se refiere a que el otro día hicimos parte del Anillo de Picos, ruta con tres variantes (Anillo del Vindio, Extrem, o 3 Macizos), consistente en ir uniendo los refugios de Picos de Europa en varias etapas.

Los valientes que para allá fuimos (7 gallegos, 4 asturianos,… y SM, un mestizo; varios de ellos colegas del C.M. Xesteiras de Cuntis), íbamos un par de días a echarle un vistazo al recorrido del Anillo para intentarlo en formato non-stop en un futuro próximo (yo más bien me anoté al asunto porque podía ser un buen entreno a tres semanas vista de mi UTMB).

El viernes noche, mientras varios “voluntarios” fueron a Sotres a dejar un coche con material, el resto quedamos cenando en Cangas de Onís (nada de pasta party… aquí fabes y cabrales, ¡qué somos hombres!). Al acabar subimos a los Lagos de Covadonga, ultimamos el material, y a las 23:45 frontales encendidos para empezar a trotar.

Había algo de niebla y humedad por la pista del Pozo del Alemán, pero al rato ya empezamos a subir y sobraba todo. Al poco nos encontramos a dos chicos que se habían perdido y que vinieron con nosotros hasta el refugio de Vegarredonda (R1), donde ellos tenían pensado dormir, y nosotros coger los fortfaits del Anillo (una cartilla que debes ir sellando en cada refugio, tipo Camino de Santiago). Al llegar allí el refugiero debía estar de malas, o hubo algún malentendido, ya que nos echó -literalmente y de malas maneras-, y eso que habíamos hablado con él por teléfono un rato antes y parecía no haber problema… y a los otros dos senderistas los mandó a la caseta de enfrente. A nosotros nos daba igual “acreditar” los pasos o coger el pack de regalitos (perdió la pasta, aunque se quedó el dinero de la reserva), y total no íbamos a dormir, así que llenamos agua y a la 1 de la madrugada empezamos verdaderamente el Anillo.

La noche estaba preciosa, despejada y con buena temperatura, y las primeras horas se pasaron rápido pese a que no eran terreno fácil, o tal vez gracias a ello. Caminillos para arriba, zonas de rocas, neveros… ¡con lo que a mí me gustan! (reconozco que alguno me dio miedillo); los compañeros asturianos se sabían aquello de memoria, y cuando dudaban tirábamos de GPS. Tras un fuerte descenso, primero de piedra suelta, luego boscoso, llegamos a Vegabaño (R2). Paramos un ratito a comer algo, y salimos por un camino en fuerte pendiente que después suaviza pasando por un bonito bosque (creo que de hayas), y que desemboca en una larga bajada que nos devolvió a la civilización: no lo digo por las casas y los coches, sino porque al amanecer todavía encontramos gente de botellón.

Un ratito de tregua en Posada de Valdeón, bajada hacia Cordiñanes y… a subir. Al principio es llevadera, después empina, y al final se trepa. Valió la pena aunque sólo fuese por las vistas (p.ej. al Friero), y por llegar a tomar el bocata matutino a Collado Jermoso (R3). Al salir del refugio tiramos hacia la derecha y empezó la que fue para mí el peor tramo. Serían sobre las 12 y apretaba el calor, avanzabamos por un sube-baja continuo muy roto y salpicado de neveros, y el ritmo era lento porque ya se notaba el cansancio y el peso de la mochila… e íbamos guardando un poquito. Aún por encima a medida que nos acercábamos al siguiente refugio el tiempo se puso malo, y el recorrido más peligroso (rocas chungas, neveros expuestos, zonas de patio,…). Antes de llegar a Cabaña Verónica (R4) ya íbamos divididos en tres grupos; yo por la Vueltona aceleré un poco, pero había mucha gente y estaba en tierra de nadie, así que esperé y me quedé con el grupo trasero.

Pillamos la abarrotada pista fácil que baja hacia el cable, y de allí fuimos a Aliva, donde nos detuvimos a tomar algo caliente, y a buscar un medio para que bajase a JMP, un compañero que iba tocado de una pierna. Acompañado ya sólo de MM, próximo compañero de UTMB, bajamos hacia el valle del Duje, y al llegar a la altura de la temida canal Jidiellu, famosa subida de la Travesera, decidimos que no valía la pena hacerla (había niebla, nos iba a anochecer,… vamos, que estábamos mamados), con lo que no veríamos el Casetón de Andara.

Al llegar al albergue de Sotres, sobre las 19h, nos encontramos a JD y AV que habían hecho lo mismo que nosotros, los curtidos asturianos que acababan de hacer la canal y Andara (R5), y al resto tuvimos que esperarlos porque en el monte hasta casi las 22. Ya reagrupados cenando decidimos qué hacer al día siguiente. ¿Terminar el Anillo? Suponía madrugón y además a unos cuantos nos faltaba un trozo. ¿Seguir hasta el mediodía y dejar un trozo? No nos apetecía. ¿Hacer una ruta alternativa? Pues estaría bien; damos un rule de entreno, cogiendo algún tramo del Anillo, y volvemos a una hora prudencial pensando en los que curran el lunes, pues son más de 5h de viaje.

Así que dormimos tranquilos, nos levantamos en plan señorito, y nos fuimos de paseo. De Sotres a collado Pandévano tranquilos, y de allí al Urriellu ya a ritmo alegre. La peña flipaba… y yo también, pues me era imposible seguir el ritmo de los máquinas con los que iba. Paradita a contemplar el Naranjo y “otros paisajes”, y para abajo por el Camburero. Descenso jodido para ir rápido, y aunque por veces corrimos bastante bien, en las zonas húmedas había que ir con calma y mucho ojo. Al llegar a Bulnes algún bicho debió picarle a alguien porque el ritmo se empezó a acelerar, unos nos seguimos a otros, y acabamos haciendo como motos la ruta de senderismo que va hasta Poncebos. Las piedras pulidas estaban resabaladizas por el sol, e íbamos fuerte, por lo que el corazón se puso a tope en este tramo. Al llegar al Cares bañito rápido, nos quitamos la sudada que llevábamos encima, y bajamos a Arenas de Cabrales donde repusimos fuerzas mientras le dábamos a la-sin-hueso.

En fin, buena compañía, no hubo graves problemas ni accidentes, y para mí salió un buen entreno, además en un terreno técnico y peligroso típico de Picos: el sábado unos 62km con 4000mDa+, en unas 18h.; y el domingo unos 23km con 1200mDa+ (y 2000mDa-), en 4:10:00. ¿Y el anillo? Pues queda pendiente para otra vez, de momento nos conformamos con haber hecho nuestra “Sortija de Picos”.


No tengo fotos porque los compañeros que llevaban cámara no me las pasaron aún; cuando lo hagan actualizaré.

Escapada al CdS-francés (días 3 y 4)

Día 3

No madrugamos mucho, la verdad, pero aún así antes de las 9 estábamos ya pedaleando en dirección San Xil, Calvor y Sarria (ni nos planteamos la opción de Samos, menos “auténtica”). Al principio tocaba subir, después era todo bajada y llaneo. En Sarria tomamos un psicolabis y seguimos. Saliendo de allí encontramos un bosque precioso… donde tocó volver a empujar la bici un rato.

Aunque el sol salía sólo a ratos, al mediodía hacía calor, así que nos tomamos con calma el siguiente tramo, en el que predominaba la subida. Íbamos haciendo paradillas (como Barbadelo y Ferreiros), sacando fotos,… y sin darnos cuenta nos acercábamos a Portomarín. Había muchos peregrinos en esta zona, así que había que ir con cuidado y entrenar el “Buen Camino”.

Al llegar a Portomarín todavía era muy temprano y no queríamos estar toda la tarde tirados, así que decidimos no parar y avanzar un poco más. Aunque el siguiente tramo no tenía mucho atractivo, lo pasamos bien. Fuimos charlando y jugando, RL iba bien, y a ratos nos acompañaba un italiano en bici… ¿Italia? ¡El partido! Esa noche la selección jugaba la final de la Eurocopa y, aunque no somos muy futboleros, queríamos verlo. En el albergue público de Hospital-Ventas de Narón nos encontramos con una gente enrollada, llevábamos otros 56km, y eran más de las 18, así que nos quedamos allí.

Vimos el partido cenando en el único bar que había, acompañados de una numerosa familia yanqui, una pareja italiana, y compartiendo mesa con una andaluza, un catalán, y uno que ni él sabía de dónde era. Del resultado no me acuerdo, pero cuando fuimos a dormir casi quedamos de puerta afuera. Sin palabras.


Día 4

La mega-cena del día anterior había hecho mella. Estábamos pesados, así que salimos sin tomar nada y desayunamos en Palas de Rei. Poco a poco fueron cayendo más kilómetros y llegamos a Melide. Después de unos días atravesando pueblos, aldeas ganaderas, y caminos silenciosos, fue un poco chocante volver al tráfico y el ruido.

De aventuras anteriores recordaba que los siguientes tramos eran de toboganes rompepiernas pero rápidos, sin embargo ahora los vi más duros (sería el efecto de las alforjas). Era un baja a Boente, sube a Castañeda, baja a Ribadiso, sube a Arzúa. En Arzúa hicimos la comida de picnic en un parque, y al ir a sacar una foto… se me cae el teléfono y se rompe (snif). Aún queda mucho día por delante, y RL está animada así que decidimos tirar ya para Santiago: con calma, parando de vez en cuando a reposar y comer, pero directos.

Esta zona que se acerca a Santiago tiene unas corredoiras preciosas, tan envueltas en vegetación que parece que vas de noche. Pedalada a pedalada llegamos al alto de Santa Irene y a Pedrouzo. Ahora la zona ya es conocida: hay que ganar altura hasta el aeropuerto de Lavacolla, después el Monte del Gozo, y bajar ya a Compostela. Hubo algún tramo duro, pero RL me sorprendió gratamente. La verdad es que fue bastante jabata.

Los últimos kilómetros son algo feos, y ya en la ciudad hay que ir por la acera, en ocasiones desmontado por prohibiciones algo absurdas. Pero eso no evitó que nos hiciera ilusión llegar a la catedral. Fuimos a por las Compostelas, tomamos un refresco y un helado (merecidos tras los 86km de hoy), y esperamos a que nos vinieran a buscar disfrutando del ambiente del Obradoiro, a la vez turístico y místico.

En resumen, el trayecto fue corto porque no teníamos mucho tiempo ni para hacerlo ni para preparlo, pero lo pasamos muy bien y no hubo problemas. Buena experiencia juntos; para repetir.

Escapada al CdS-francés (días 1 y 2)

Día 1

 Toca madrugón para coger el tren que, tras infinitas paradas, nos deja en Ponferrada a las 11 y pico de la mañana. Entre comprar comida, ajustar bicis/alforjas, repartir la carga, ir al albergue a por la Credencial del peregrino, y… dar un paseillo, se nos fueron las primeras horas. Así, casi a la hora de comer empezamos el pedaleo.

La salida de la ciudad se hace por un carril-bici y por aceras hasta llegar a una original zona residencial, después, casi siempre por asfalto, se van pasando pueblos sin encanto Columbrianos, Fuentes Nuevas, y Camponaraya; cosa aparte es el agradable Cacabelos (nos llamó la atención su albergue, a base de cabinas dobles construidas aprovechando el muro de la iglesia). Hasta Villafranca del Bierzo se llegaba por una zona algo más bonita, con toboganes y entre viñedos.

RL quería seguir, pues aún era pronto (sólo habíamos hecho 27km), pero en mi opinión era mejor parar. Sé de sobra que en este tipo de rutas lo que afecta, más que el cansancio físico del kilometraje (que no es tanto, pues el ritmo es bajo y el esfuerzo se reparte a lo largo del día), es el cansancio postural (máxime cuando uno no está acostumbrado al apoyo de las manos, la curvatura de la espalda, la presión en el culete,…).

Por eso al final nos quedamos toda la tarde en Villafranca de paseo y turisteo. Fuimos a un albergue de ambiente hippie-artesano llamado Ave Fénix; era un sitio peculiar, pero al final no resultó malo.

Día 2

Al salir el sol los inquilinos, casi todos guiris, madrugamos para patear/pedalear otra jornada, y dura, pues nos espera subidilla. En el Ave Fénix lo sabían, pues el desayuno era contundente: nunca habíamos combinado la leche con una tosta de huevo frito con pimienta.

Así, ya tempranillo estábamos en el famoso andadero por el arcén amarillo de la N-VI, bajo una lluvia intermitente. Hasta Vega del Valcarce se va bien, subiendo suave; al abandonar la nacional y meterse hacia Las Herrerías el asunto se complica; y cuando nos desviamos por el monte hacia la Faba (para ir por el Camino original, el de caminantes), la cosa ya se pone brava, pero brava. En esta zona vimos a un grupo de corredores que estaban haciendo el Camino por relevos… ¡como se me calentó la neurona pensando en mi libreta de retos pendientes!

En la subida gorda (unos 700m Da+), tuvimos que ir desmontados mucho rato, y empujando la bici con las alforjas… Vamos que nos adelantaban los mochileros. Pero vale la pena, porque el paisaje es muy chulo. La pendiente se redujo un poco al pasar la Laguna y aproximarnos al Cebreiro (¡y a Galicia!). En ese lugar mítico que es el Cebreiro (y no sólo por el CdS), paramos a descansar, dar una vuelta, comentar la reciente visita en el UTAC, y comer un menú caliente… con caldo de 1º.

Con algo de frío, y la pesadez de la sobremesa, costó volver a arrancar. Y eso que hasta el alto de San Roque y Hospital era fácil. Para dura ya estaba la subida al Alto do Poio; desde allí picaba siempre para abajo. En esta zona paramos varias veces: una por avería mecánica con mi cadena, otra por un amago de atropello a una vaca, y otra en un puesto de frutos rojos (donde conversamos con la señora que los cultivaba/vendía).

Al llegar a Triacastela llevábamos 54km, y un buen desnivel, así que decidimos parar, hacer la compra, y buscar albergue con tiempo. La mayoría estaban completos, así que acabamos en uno privado, el Complejo Xacobeo, que estaba muy bien (aunque no tuvimos suerte con la compañía, pues había algún que otro “petardo” con bici).



Sendero a Montserrat

Esta Semana Santa mi pareja RL y yo hemos ido a pasar unos días a Barcelona. Ella ya había estado muchas veces; yo también, pero apenas había visto nada (siempre fui “ocupado” con alguna competi/entreno con la bici, o con el tiempo justo para algún concierto), por lo que se puede decir que la he descubierto en esta intensa semana. Y la verdad es que es una ciudad bonita, con múltiples atractivos.

Los primeros días fueron de patear por las calles visitando las postales típicas: Diagonal, Ramblas, Plaza Catalunya, la zona del Maremagnum y la Barceloneta, la Villa Olímpica, la zona antigua,… Estos “paseos” retrasaron la recuperación de nuestras piernas, y sobre todo de mis maltrechos pies, que venían reventaillos de la carrera de Folgoso do Courel, pero valieron la pena por la compañía y lo que pudimos ver.

El miércoles, aprovechando la hospitalidad de nuestros anfitriones que se ofrecieron a llevarnos (gracias por todo), pude cumplir un caprichito: hacer una ruta corriendo hasta el monasterio de Montserrat. Había visto en internet algunas rutas desde distintos lugares, pero como no los tenía anotados, opté por improvisar. Así, bajé del coche después de un pueblo llamado El Bru, ya que por allí se veían carteles de rutas.

Empecé un poco a la aventura, sin saber hacia dónde tenía que ir, orientándome siempre hacia arriba, hacia el borde de las torres de piedra. Al rato pregunté a un mountainbiker, y me indicó cómo podía llegar: que subiese hacia un lugar llamado Can Mançana, al parecer punto habitual de encuentro de gente que va a hacer deporte por la zona, y que después ya vería claramente el sendero.

Y así fue. A los 45min. aproximadamente llegaba allí trotando y encontraba una ruta muy bien señalizada, con marcas y con postes. Mi sorpresa fue que esperaba subir todo el rato, sin embargo el sendero era un sube-baja continuo pero sin grandes desniveles (me salieron sólo 750mD+ en todo el trayecto), por la falda de la montaña, con algún paso que sería algo comprometido si estuviese lloviendo, pero no era el caso.

Corriendo siempre por ese estrecho sendero, a veces con unas vistas impresionantes sobre el valle y otras oculto entre vegetación, llegué a un punto flipante: una roca-mirador próxima al monasterio, desde la que se desciende por unas escaleras de cemento y piedra con el objetivo a la vista. Al final, tras casi 3h de carrera-trote (a las que habría que descontar un par de paraditas a sacar fotos y a hablar con unos escaladores), y no-tengo-ni-idea kilómetros, pude tocar la pared del hogar de la Moreneta, bajo la extraña mirada de los múltiples turistas que allí había (“¿y ese friki de las mallas?”, pensarían).

Los siguientes días, contento por mi “peregrinación”, volvimos a ejercer el turisteo: ruta de casas modernistas, Parque Güell, Sagrada Familia, Hospital de San Pau, Tibidabo, Montjuic y su espectáculo de las fuentes, etc.

Y cuando el viaje tocaba a su fin, el sábado, dos buenas sorpresas. Una, que se celebraba el Sant Jordi, y no sólo pudimos “pasear” por los atestados puestos de libros y demás, sino que cumplimos con la tradición de la rosa y el libro (me cayó uno de Desnivel de rutas por la Maginot Cantábrica, comprado en uno de los dos “puestos montañeros” que había; gracias, RL, disfruta tu flor). Y otra, que nos invitaron a ver un partido del Barça, en directo y a unos metros del cesped, y, aunque no soy muy fubolero, reconozco que me hizo ilusión ver un partido de 1ª división y un estadio como ese, enorme.

El domingo tocó volver a casa, claro. Eso sí, al bajar del avión-feria de RyanAir, teníamos las pilas más cargadas… y ganas de volver a BCN.